
JESUCRISTO
Catequesis
Cristológicas
La fe en Cristo
resucitado
1. Una
fe nueva en Dios, Padre de Jesucristo
-
Dios, fiel a sus promesas
-
Dios vencedor de la muerte
-
Dios, futuro del hombre
-
Dios, protesta contra el mal
2. Una
fe nueva en Jesús, resucitado por el Padre
-
Jesús, nuestro Salvador
-
Jesús, Hijo de Dios vivo
-
Jesús, vivo en su comunidad
- El
encuentro con Jesús vivo
-
Cristo resucitado, futuro del hombre
3. Una
fe nueva en la vida del hombre
- El
mal no tiene la última palabra
- La
historia del hombre tiene una meta
- Una
nueva fuerza liberadora
- La
fuerza resucitadora del amor
4.
Algunos rasgos de la esperanza cristiana
-
Realismo
-
Inconformismo
-
Compromiso
- En
comunidad
-
Esperanza cristiana y esperanza humana
Para
continuar el estudio de nuestra fe en Cristo
resucitado
1.
Lectura
2.
Preguntas para una reflexión
3.
Bibliografía
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4.
La Fe en Cristo Resucitado
La ejecución en una
cruz puso en entredicho todas las pretensiones de
Jesús. La cruz parecía dejar las cosas claras: Jesús
había sido un hombre bueno y justo quizás, pero un
hombre iluso totalmente equivocado. Si de verdad
Jesús tenía razón al anunciar un mensaje de
salvación a los hombres, al garantizar el perdón a
los pecadores y al invocar a Dios como Padre, solo
Dios lo podía decir. Si en Jesús se encerraba algo
único, solo Dios lo podía confirmar. Y lo ha hecho
resucitando a Jesús de la muerte.
La resurrección de
Jesús es la mejor noticia que podíamos recibir los
hombres. Es la resurrección de Jesús la que sostiene
y da sentido a nuestra fe. “Si Cristo no resucitó,
vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe_
Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra
esperanza en Cristo, somos los más desgraciados de
todos los hombres. Pero no, ¡Cristo resucitó de
entre los muertos!” (1 Co 15, 14-20).
La resurrección de
Jesús ha sido el acontecimiento decisivo para la fe
cristiana. A partir de la resurrección, los
cristianos creemos en Dios con una luz nueva,
vivimos nuestra fe en Jesús con una
profundidad nueva, comprendemos nuestra
existencia y nos enfrentamos a ella con una
esperanza nueva. Vamos a tratar de comprender un
poco la novedad que nos aporta la resurrección de
Jesucristo.
1. UNA FE NUEVA EN
DIOS, PADRE DE JESUCRISTO
A partir de la
resurrección de Jesús, los creyentes podemos creer
en Dios con una luz nueva.
Dios, fiel a sus
promesas
Si Dios ha resucitado a
Jesús, quiere decir que Dios es fiel a sus promesas.
Dios es incapaz de abandonar en la muerte al que le
invoca con fe, como Padre. Si Dios ha resucitado a
Jesús, quiere decir que Dios no abandonará a los
hombres, no defraudará nunca la esperanza que los
hombres pongan en El, no permitirá jamás el fracaso
final de aquellos que le invoquen como Padre. En
Cristo resucitado, Dios se nos descubre como un
Padre fiel a sus promesas de salvar al hombre, un
Padre dispuesto a salvar al hombre por encima de la
muerte.
Dios, vencedor de la
muerte
En Cristo resucitado
descubrimos que Dios es capaz de resucitar lo muerto.
Dios no es solamente el Creador. Dios es un Padre,
lleno de amor y de vida, capaz de superar el poder
destructor de la muerte y dar vida a lo que ha
quedado muerto (Ef 1, 18-20).
Se entiende la fe de
los primeros creyentes que mantienen su esperanza en
medio de esta vida en que todo camina, de alguna
manera, hacia la muerte. “No pongamos nuestra
confianza en nosotros mismos sino en Dios que
resucita a los muertos” (2 Co 1, 9).
Dios, futuro del
hombre
Si Dios ha resucitado a
Jesús, quiere decir que Dios no es un Dios de
muertos sino de vivos. Dios no quiere la muerte sino
la vida de los hombres. Al resucitar a Jesús, Dios
se nos descubre como Alguien que no permitirá que
una vida humana vivida en el amor termine en el
fracaso de la muerte. Dios es el futuro que le
espera al hombre que sabe amar.
Los primeros cristianos
han vivido convencidos de que Dios no permitirá
jamás que un hombre que ha vivido como Jesús, desde
el amor y para el amor, entregado al Padre y a los
hermanos, termine su vida en la muerte. Así escribe
uno de ellos: “Nosotros sabemos que hemos pasado de
la muerte a la vida porque amamos a nuestros
hermanos” (1 Jn 3,14)
Dios protesta contra
el mal
Al resucitar a Jesús,
Dios se nos descubre como Alguien que no está de
acuerdo con nuestra existencia actual, llena de
sufrimientos y dolor, y destinada fatalmente a una
muerte que rompe todos nuestros logros y proyectos.
Todavía más. En Cristo
resucitado. Dios se nos descubre como Alguien que no
está conforme con un mundo injusto en el que los
hombres somos capaces de crucificar al mejor hombre
que ha pisado nuestra tierra. Al resucitar a Jesús,
Dios nos descubre su reacción y su protesta final
ante un mundo de injusticia y de violación de la
dignidad humana. Así predicarán los primeros
creyentes: “Vosotros lo matásteis_ pero Dios lo
resucitó” (Hch 2, 23-24).
2. UNA FE NUEVA EN
JESUS, RESUCITADO POR EL PADRE
A partir de la
resurrección, los creyentes vivimos con una fe nueva
nuestro seguimiento a Jesús.
Jesús, nuestro
Salvador
En la resurrección
descubrimos los cristianos que Jesús es nuestro
único Salvador. El único que nos puede llevar a la
liberación y a la vida. “No hay bajo el cielo otro
nombre dado a los hombres por el que nosotros
debamos salvarnos” (Hch 4, 12).
El mensaje de Jesús
tiene un valor muy distinto al que puedan tener los
mensajes de otros profetas. La actuación salvadora
de Jesús tiene un valor muy distinto al que pueden
tener las de otros liberadores. Dios no ha
resucitado a cualquier profeta o a cualquier
liberador. Dios ha resucitado a Jesús de Nazaret.
En la resurrección de
Cristo hemos descubierto que nuestra vida tiene
salida. Hay un mensaje, hay un estilo de vivir, hay
una manera de morir, hay Alguien que nos puede
llevar hasta la vida eterna: Jesucristo. “A éste le
ha exaltado Dios con su derecha como jefe y
Salvador” (Hch 5, 31).
Jesús, Hijo de Dios
vivo
La resurrección nos ha
descubierto que la muerte de Jesús no ha sido una
muerte cualquiera. Su muerte ha sido el paso a la
vida de Dios. La resurrección nos ha descubierto que
Jesús no era un hombre cualquiera. Dios, realmente
es su Padre. Un Padre del que Jesús recibe toda su
vida. Por eso, Jesús no ha quedado abandonado en la
muerte.
A partir de la
resurrección, los cristianos creemos en Jesús, el
Hijo de Dios vivo, lleno de fuerza y creatividad,
que vive ahora junto al Padre, intercediendo por los
hombres e impulsando la vida hacia su último destino
(Hb 7, 25; Rm 8, 34).
Jesús, vivo en su
comunidad
Si Jesús ha resucitado
no es para vivir lejos de los hombres. El Resucitado
está presente en medio de los suyos. “Sabed que yo
estoy con vosotros todos los días hasta el fin del
mundo” (Mt 28, 20).
Los cristianos creemos
que Cristo vive en medio de nosotros. No estamos
huérfanos. Cuando nos reunimos dos o tres en su
nombre, allí está El (Mt 18, 20). La Iglesia no es
una organización solitaria, una comunidad que camina
sola por la historia. Es el “cuerpo de Cristo”
resucitado. Es Cristo resucitado el que anima,
vivifica y llena con su espíritu y su fuerza a la
comunidad creyente (Ef 4, 10-12).
El encuentro con
Jesús vivo
Jesús resucitado no es
un personaje del pasado. Para los cristianos, Cristo
es Alguien vivo que camina hoy junto a nosotros en
la raíz misma de la vida (Jn 14, 13-14). Creemos que
Jesús no es un difunto. El actúa en nuestra vida,
nos llama y nos acompaña en nuestra tarea diaria (Lc
24, 13-35).
Por eso, creer en el
Resucitado es dejarnos interpelar hoy por su palabra
viva, recogida en los evangelios. Palabras que son
“espíritu y vida” para el que se alimenta de ellas (Jn
6, 63). Creer en el Resucitado es verlo aparecer
vivo en el último y más pequeño de los hombres. Es
decir, saber acoger y defender la vida en todo
hermano necesitado (Mt 25, 31-46).
Cristo resucitado,
futuro del hombre
Jesús, resucitado por
el Padre, solo es “el primero que ha resucitado de
entre los muertos” (Col 1, 18-19). El se nos ha
anticipado a todos para recibir del Padre esa vida
definitiva que no está también reservada a nosotros.
Su resurrección es el fundamento y la garantía de la
nuestra (1 Co 15, 20-23).
No podemos creer en la
resurrección de Jesús sin creer en nuestra propia
resurrección.
“Dios que resucitó al
Señor, también nos resucitará a nosotros por su
fuerza” (1 Co 6, 14). En Cristo resucitado se inicia
nuestra propia resurrección porque en El se nos abre
definitivamente la posibilidad de alcanzar la vida
eterna.
3. UNA FE NUEVA EN
LA VIDA DEL HOMBRE
A partir de la
resurrección de Jesús, los cristianos comprendemos
la vida del hombre de una manera radicalmente nueva
y nos enfrentamos a la existencia con su horizonte
nuevo.
El mal no tiene la
última palabra
Si hay resurrección, ya
el sufrimiento, el dolor, la injusticia, la opresión,
la muerte_ no tienen la última palabra. El mal ha
quedado “despojado” de su fuerza absoluta.
Si la muerte, último y
mayor enemigo del hombre, ha sido vencida, el hombre
no tiene ya por qué doblegarse de manera
irreversible ante nada y ante nadie. Las muertes,
las luchas, las lágrimas de los hombres continuarán,
pero, si se vive con el espíritu del Resucitado, no
terminarán en el fracaso. Los cristianos nos
enfrentamos al mal y al sufrimiento de la vida
diaria, sabiendo que a una vida “crucificada” solo
le espera resurrección. Nos sostiene la palabra de
Jesús: “En el mundo tendréis tribulación, pero,
ánimo, yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).
La historia del
hombre tiene una meta
Con la resurrección de
Jesús se nos ha desvelado el sentido último de la
historia. Ahora sabemos que la humanidad no camina
hacia el fracaso, la historia de los hombres no es
algo enigmático, oscuro, sin meta ni salida alguna.
La vida de los hombres no es un breve paréntesis
entre dos vacíos silenciosos. En el Resucitado se
nos descubre ya el final, el horizonte que da
sentido a la historia humana.
Una nueva fuerza
liberadora
La fe en la
resurrección es fuente de liberación. El que cree en
la resurrección tiene una nueva fuerza de liberación
ya que su vida no puede, en definitiva, ser detenida
por nada ni por nadie. La fe en la resurrección
puede y debe dar a los creyentes capacidad para
vivir entregados sin reservas, con el espíritu de
Jesús, de manera incondicional y sin presupuestos.
La fe en la resurrección se debe convertir para el
creyente en una llamada a la liberación individual y
colectiva.
La fuerza
resucitadora del amor
En la resurrección de
Jesús descubrimos la fuerza resucitadora del
Espíritu. Lo que ha resucitado a Jesús y lo ha
levantado de la muerte es el Espíritu que lo animó a
lo largo de su vida. Y es ese mismo Espíritu y ese
mismo amor el que nos resucitará a nosotros si
vivimos impulsados por él (Rm 8,11).
Una vida animada por el
Espíritu de Jesús no terminará en la muerte.
Resucitaremos en la medida en que hayamos vivido con
el Espíritu de Cristo. De todos nuestros esfuerzos,
luchas, trabajos y sudores, permanecerá lo que haya
sido realizado en el Espíritu de Jesús, lo que haya
estado animado por el amor (Ga 6, 7-9).
4. ALGUNOS
RASGOS DE LA
ESPERANZA CRISTIANA
Vamos a señalar
brevemente algunos rasgos de la esperanza cristiana
Realismo
Los creyentes han sido
acusados con frecuencia de irrealismo La única
postura válida y realista será enfrentarse a la
realidad presente sin soñar con un futuro que
todavía no existe y que no sabemos si existirá
alguna vez.
Los cristianos creemos
que la única manera realista de acercarnos a la vida
es tomando en serio todas las posibilidades que se
hallan encerradas en la historia de los hombres. El
creyente se acerca a la realidad como algo inacabado,
algo que está en camino de realizarse, algo que está
en construcción. El que se aferra a la realidad tal
como es, el que se instala y se establece en esta
vida tal como actualmente es, no es realista pues
excluye el futuro, niega el porvenir y, por lo tanto,
niega las posibilidades que encierra la historia de
los hombres. Solo desde la esperanza cristiana
buscamos nosotros un significado pleno a la vida.
Inconformismo
El que de verdad cree,
espera y ama el futuro último de Dios para los
hombres no puede conformarse con el mundo actual tal
como está. La esperanza no tranquiliza al creyente
sino que le inquieta, ya que nos descubre la
distancia enorme que todavía nos separa del futuro
último de Dios que nos está reservado.
El cristiano,
precisamente porque cree en un mundo nuevo, no puede
tolerar la situación actual llena de odio, mentira,
inquietud, injusticia, opresión, dolor y muerte. Su
esperanza le obliga a cambiar, renovar, transformar,
dejar atrás todo esto. La esperanza cristiana, bien
entendida, desinstala e impulsa al creyente a
adoptar una actitud de inconformismo, protesta,
lucha, transformación y renovación. El que no hace
nada por cambiar la tierra es que no cree en el
cielo, pues acepta el presente como algo definitivo
(Ef 5, 8-11).
Compromiso
La esperanza cristiana
debe impulsar al creyente a configurar la realidad
actual a la luz del futuro que se nos promete en
Cristo, para crear ya, en lo posible y lo mejor
posible, lo que estamos llamados a vivir
definitivamente.
Los creyentes deben
luchar ahora contra toda injusticia, esclavitud,
odio, deshumanización, pecado_ que esté en
contradicción con lo que esperamos para el hombre.
La esperanza cristiana debe destruir en nosotros
toda falsa resignación ante el mal instaurado en
nuestra sociedad o en nuestras personas.
En comunidad
La esperanza cristiana
no se puede vivir aisladamente sino en comunidad.
Todos los creyentes formamos “un solo cuerpo y un
solo Espíritu como una es la esperanza a la que
hemos sido llamados” (Ef 4, 4). Por encima de
nuestros conflictos, divergencias y enfrentamientos,
los cristianos deberíamos exigirnos mutuamente una
cosa: “esperar contra toda esperanza” en Jesucristo.
Esperanza cristiana
y esperanza humana
El creyente no puede
mantenerse ajeno e indiferente ante tantos hombres
que no comparten su fe, pero que se esfuerzan por
mejorar la sociedad, animados por otras esperanzas y
objetivos más inmediatos.
Pero, el cristiano
tampoco se identifica sin más con cualquier
movimiento transformador. Por una parte, sabe
relativizar esas esperanzas siempre limitadas y
orientarlas hacia el futuro último que le espera al
hombre.
Por otra parte, el
cristiano rechaza la presunción que puede encerrarse
en una lucha que pretende realizar de manera
definitiva la historia en un momento determinado de
la misma. Las metas que logramos los hombres son
siempre provisionales, penúltimas. Nuestra meta
última está en Dios, Padre de nuestro Señor Jesús.
PARA CONTINUAR EL
ESTUDIO DE NUESTRA FE EN CRISTO RESUCITADO
1. Lectura
Estudiar el relato de
los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35) tratando de
ver cómo el descubrimiento del Resucitado se realiza
escuchando su palabra y participando en su cena.
2. Preguntas para
una reflexión
- ¿Qué dificultades
encuentras para vivir en nuestros días, la esperanza
cristiana?
- ¿Dónde descubres
signos para mantener y enriquecer tu esperanza
cristiana?
- ¿Cómo acrecentar de
manera concreta nuestra fe en Cristo resucitado?
Por:
José Antonio Pagola
3. Bibliografía
K. LEHMANN,
Jesucristo resucitado, nuestra esperanza
(Santander, 1982). Ed.
Sal Terrae.
Obra sencilla donde de
forma meditativa, pero profunda, se nos presenta a
Cristo resucitado como fundamento de nuestra
esperanza.
G. LOHFINK, A. VOGTLE,
R. SCHNACKENBURG, W. PANNENBERG, Pascua y el
hombre nuevo
Diversos artículos de
interés sobre el significado de la Pascua y su
importancia para el hombre actual.