Historia
Nunca han
faltado, aun entre los católicos, los que rechazan la
historicidad de las apariciones de la Virgen. Pero estos ataques
se convierten en oportunidades para nuevos estudios. Así ocurrió
con los exhaustivos estudios dirigidos por Fidel González mccj
en preparación para la canonización de Juan Diego y recogidos
por la agencia Zenit:
Quizá uno de
los trabajos más originales del padre González, quien ha sido
asistido en esta labor por otros miembros de la comisión,
Eduardo Chávez Sánchez y José Luis Guerrero Rosado (cf. «El
encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego», Editorial
Porrúa, México 1999, 564 pp.) es la presentación de 27
documentos o testimonios indígenas guadalupanos y 8 de
procedencia mixta indo-española. Entre todos ellos, destaca el «El
Nican Mopohua» y el llamado Códice «Escalada».
Los
antiaparicionistas, sin embargo, no pueden explicar con
elementos históricos algunos aspectos decisivos de la historia
de México sin tener en cuenta el milagro de Guadalupe. Como, por
ejemplo, el que, después una conquista dramática y tras
dolorosas divisiones y contraposiciones en el seno del mundo
político nahuatl, en un lugar significativo para el mundo
indígena, en el cerro del Tepeyac, se levantara en seguida una
ermita dedicada a la Virgen María bajo el nombre de Guadalupe,
que con la Guadalupe de España coincide sólo en el nombre.
No explican
tampoco cómo Guadalupe se convirtió en señal de una nueva
historia religiosa y de encuentro entre dos mundos hasta ese
momento en dramática contraposición.
.... Existen
otras muchas pruebas históricas sobre la existencia de Juan
Diego, como, por ejemplo, la tradición oral, fuente decisiva al
estudiar a los pueblos mexicanos, cuya cultura era
principalmente oral. Esta tradición, en esos casos suele
obedecer a cánones bien precisos y, en el caso de Guadalupe,
siempre confirma la figura histórica y espiritual de Juan Diego.
Quien quiera profundizar en el aspecto histórico del vidente de
Guadalupe, puede leer a continuación el artículo inédito escrito
por una de las personalidades más competentes en la materia,
Fidel González, presidente de la Comisión histórica sobre Juan
Diego constituida por la Santa Sede.
La siguiente
historia es tomada del escrito del indio
Nican Mophua
del XVI
Para el texto completo ver:
El Nican Mopohua
Un sábado de
1531 a principios de diciembre, un indio llamado Juan Diego, iba
muy de madrugada del pueblo en que residía a la ciudad de México
a clase de catecismo y a la Santa Misa. Al llegar junto al cerro
llamado Tepeyac amanecía y escuchó que le llamaban de arriba del
cerro diciendo:
"Juanito, Juan
Dieguito".
Él subió a
la cumbre y vio a una Señora de sobrehumana belleza, cuyo
vestido era brillante como el sol, la cual con palabras muy
amables y atentas le dijo:
"Juanito, el más
pequeño de mis hijos,
¿a dónde vas?... sabe y ten entendido, tú el más pequeño de mis
hijos, que yo
soy la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios, por
quien se vive; del Creador cabe quien está todo; Señor del cielo
y de la tierra. Deseo vivamente que se me erija aquí un templo,
para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y
defensa pues yo soy vuestra piadosa madre; a ti, a todos
vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás
amadores míos que me invoquen y en Mí confíen; oír allí sus
lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores.
Y para realizar lo que mi clemencia pretende, ve al palacio del
obispo de México y le dirás cómo yo te envío a manifestarle lo
que mucho deseo, que aquí en el llano me edifique un templo: le
contarás puntualmente cuanto has visto y admirado y lo que has
oído... Hijo mío el más pequeño; anda y pon todo tu esfuerzo"
Él se
arrodilló y le dijo:
"Señora mía, ya voy a cumplir tu
mandado; por ahora me despido de ti, yo tu humilde siervo".
Y se fue de prisa a la ciudad y camino al
Palacio del Obispo, que era Fray Juan de Zumárraga, religioso
franciscano.
Cuando el
Obispo oyó lo que le decía el indiecito Juan Diego, no le creyó.
Solamente le dijo: "Otro vez
vendrás, hijo mío y te oiré más despacio, lo veré muy desde el
principio y pensaré en la voluntad y deseo con que has venido".
Juan Diego
se volvió muy triste porque no había logrado que se realizara su
mensaje. Se fue derecho a la cumbre del cerro y encontró allí a
la Señora del Cielo que le estaba aguardando. Al verla se
arrodilló delante de Ella y le dijo:
"Señora, la más
pequeñas de mis hijas, Niña mía, fui a donde me enviaste a
cumplir tu mandado; aunque con dificultad entré a done es el
asiento del prelado; le vi y expuse tu mensaje, así como me
advertiste; me recibió benignamente y me oyó con atención; pero
en cuanto me respondió, pareció que no la tuvo por cierto...
Comprendí perfectamente en la manera que me respondió, que
piensa que es quizás invención mía que Tú quieres que aquí te
hagan un templo y que acaso no es de orden tuya; por lo cual, te
ruego encarecidamente, Señora y Niña mía, que a alguno de los
principales, conocido, respetado y estimado le encargues que
lleve tu mensaje para que le crean porque yo soy un hombrecillo,
soy un cordel, soy una escalerilla de tablas, soy cola, soy
hoja, soy gente menuda, y Tú, Niña mía, la más pequeña de mis
hijas, Señora, me envías a un lugar por donde no ando y donde no
paro."
Ella le
respondió:
"Oye, hijo mío el
más pequeño, ten entendido que son muchos mis servidores y
mensajeros, a quienes puedo encargar que lleven mi mensaje y
hagan mi voluntad; pero es de todo punto preciso que tú mismo
solicites y ayudes y que con tu mediación se cumpla mi voluntad.
Mucho te ruego, hijo mío el más pequeño, y con rigor te mando,
que otra vez vayas mañana a ver al obispo. Dale parte en mi
nombre y hazle saber por enero mi voluntad, que tiene que poner
por obra el templo que le pido."
Pero al día
siguiente el obispo tampoco le creyó a Juan Diego y le dijo que
era necesaria alguna señal maravillosa para creer que era cierto
que lo enviaba la misma Señora del Cielo. Y lo despidió.
El lunes,
Juan Diego no volvió al sitio donde se le aparecía nuestra
Señora porque su tío Bernardino se puso muy grave y le rogó que
fuera a la capital y le llevara un sacerdote para confesarse. Él
dio la vuelta por otro lado del Tepeyac para que no lo detuviera
la Señora del Cielo, y así poder llegar más pronto a la capital.
Mas Ella le salió al encuentro en el camino por donde iba y le
dijo:
“Oye y ten entendido, hijo mío el más
pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu
corazón, no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y
angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi
sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo?
¿Qué más has menester? No te apene ni te inquiete otra cosa; no
te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella:
está seguro que ya sanó... Sube, hijo mío el más pequeño, a la
cumbre del cerrillo, allí donde me viste y te di órdenes,
hallarás que hay diferentes flores; córtalas, júntalas,
recógelas; en seguida baja y tráelas a mi presencia.”
Juan Diego
subió a la cumbre del cerro y se asombró muchísimo al ver tantas
y exquisitas rosas de Castilla, siendo aquel un tiempo de mucho
hielo en el que no aparece rosa alguna por allí, y menos en esos
pedregales. Llenó su poncho o larga ruana blanca con todas
aquellas bellísimas rosas y se presentó a la Señora del Cielo.
Ella le
dijo:
“Hijo mío el más pequeño, esta
diversidad de rosas es la prueba y señal que llevarás al obispo.
Le dirás en mi nombre que vea en ella mi voluntad y que él tiene
que cumplirla: Tú eres mi embajador, muy digno de confianza.
Rigurosamente te ordeno que sólo delante del obispo despliegues
tu manta y descubras lo que llevas. Contarás bien todo; dirás
que te mandé subir a la cumbre del cerrillo que fueras a cortar
flores; y todo lo que viste y admiraste; para que puedas inducir
al prelado a que te dé su ayuda, con objeto de que se haga y
erija el templo que he pedido.”
Juan Diego
se puso en camino, ya contento y seguro de salir bien. Al llegar
a la presencia del Obispo le dijo:
“Señor, hice lo
que me ordenaste, que fuera a decir a mi Ama, la Señora del
Cielo, Santa María, preciosa Madre de Dios, que pedías una señal
para poder creerme que le has de hacer el templo donde ella te
pide que lo erijas; y además le dije que yo te había dado mi
palabra de traerte alguna señal y prueba, que me encargaste, de
su voluntad.
Condescendió a tu recado y acogió benignamente lo que pides,
alguna señal y prueba para que se cumpla su voluntad. Hoy muy
temprano me mandó que otra vez viniera a verte; le pedí la señal
para que me creyeras, según me había dicho que me la daría; y al
punto lo cumplió: me despachó a la cumbre del cerrillo, donde
antes yo la viera, a que fuese a cortar varias rosas de Castilla
(...). Ella me dijo por qué te las había de entregar; y así lo
hago, para que en ellas veas la señal que pides y cumplas su
voluntad; y también para que aparezca la verdad de mi palabra y
de mi mensaje. He las aquí: recíbelas”.
Desenvolvió
luego su blanca manta, y así que se esparcieron por el suelo
todas las diferentes rosas de Castilla,
se dibujó en ella y apareció de repente
la preciosa imagen de la Virgen María, Madre de Dios,
tal cual se venera hoy en el templo de Guadalupe en Tepeyac.
Luego que la vieron, el Obispo y todos los que allí estaban, se
arrodillaron llenos de admiración. El prelado desató del cuello
de Juan Diego la manta en que se dibujó y apareció la Señora del
Cielo y la llevó con gran devoción al altar de su capilla. Con
lágrimas de tristeza oró y pidió perdón por no haber aceptado
antes el mandato de la Virgen.
La ciudad
entera se conmovió, y venían a ver y admirar la devota imagen y
a hacerle oración; y le pusieron por nombre la Virgen de
Guadalupe, según el deseo de Nuestra Señora. Juan Diego pidió
permiso para ir a ver a su tío Bernardino, que estaba muy grave.
El Obispo le envió un grupo de personas para acompañarlo. Al
llegar vieron a su tío estaba muy contento y que nada le dolía.
Y vinieron a saber que había quedado instantáneamente curado en
el momento en que la Santísima Virgen dijo a Juan Diego:
"No te aflija la enfermedad de tu tío,
que no morirá ahora de ella: está seguro de que ya sanó".
El Obispo
trasladó a la Iglesia Mayor la santa imagen de la amada Señora
del Cielo. La ciudad entera desfilaba para admirar y venerar la
Sagrada Imagen, maravillados todos de que hubiera aparecido por
milagro divino; porque ninguna persona de este mundo pintó su
preciosa imagen.
(hasta aquí
el relato indio del siglo XVI).
Virgen de Guadalupe, ruega por
nosotros
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Oración a Nuestra Señora de Guadalupe
Patrona de México y Emperatriz de las Américas
"Madre Santísima de Guadalupe. Madre de Jesús,
condúcenos
hacia tu Divino Hijo por el camino del Evangelio,
para que
nuestra vida sea el cumplimiento generoso
de la
voluntad de Dios
Condúcenos
a Jesús,
que se nos
manifiesta y se nos da en la Palabra revelada
y en el Pan
de la Eucaristía
Danos una
fe firme,
una
esperanza sobrenatural
una caridad
ardiente
y una
fidelidad viva
a nuestra
vocación de bautizados.
ayúdanos a
ser agradecidos a Dios,
exigentes
con nosotros mismos y llenos de amor
para con
nuestros hermanos.
Amén" |