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CREO EN
JESUCRISTO HIJO DE DIOS

J/HIJO-DE-D: Una precisión de
palabras. Jesús en los Evangelios sinópticos nunca dice
directamente quién es. Y nunca dice que El es el Hijo de
Dios. Esta expresión equivalía a Cristo, Mesías y
suscitaba demasiados equívocos en el espíritu de los
contemporáneos. Todo el drama de la vida de Jesús fue
precisamente rechazar lo que se esperaba de El. El no
quería bendecir unas esperanzas humanas, no quería
dejarse absorber por un ideal humano. Por eso mismo San
Marcos aguarda a la pasión de Jesús para utilizar la
expresión "Hijo de Dios". Cuando Jesús está en Cruz,
entonces ya no hay peligro. Se puede proclamar que es el
Cristo.
Así tenemos
que, de la misma manera que Jesús sacó a la luz la
palabra "Mesías", así iluminó la palabra "Dios" y
"Hombre" que nosotros utilizamos para acercarnos a su
hondo misterio: Jesús, verdaderamente hombre, es el Hijo
de Dios.
I. La
doctrina de la
Encarnación
Según la
doctrina tradicional, Jesús es la segunda persona de la
Santísima Trinidad, hecha hombre, "encarnada". Los
primeros concilios precisaban: en Jesucristo hay dos
naturalezas, pero una sola persona real (lo que
justifica la expresión: María, madre de Dios). Digámoslo
de otro modo: el fondo de la realidad Jesús no es humano.
Jesús está enraizado en el misterio de Dios, es Dios
quien se expresa realmente, directamente, totalmente en
Jesús. En Jesús, Dios se compromete realmente,
directamente con una Humanidad. En Jesús, Dios hace suya
realmente, directamente una humanidad.
Jesús es el
encuentro de dos realidades: el hombre y Dios. No hay
confusión: no es ni un semidiós, ni un superhombre.
Tampoco yuxtaposición sino unión. Verdadero Dios y
verdadero hombre, pero no compuesto. Realmente unificado.
He aquí la
doctrina tradicional. Hay que notar que la fórmula "dos
naturalezas, una sola persona", es la traducción en
filosofía griega de la experiencia espiritual de los
cristianos: la expresión está, pues, en relación con la
experiencia. Esta experiencia que se expresa
generalmente de manera simétrica: "Jesús es Dios
manifestado en la carne" o "Jesús es un hombre asumido
por el Hijo de Dios, un hombre que es Dios".
Ordinariamente se toma la primera fórmula "Dios hecho
hombre". Es doctrinalmente más segura porque acentúa la
iniciativa divina y el hecho de que la humanidad de
Jesús no era independiente en su fondo, era la humanidad
del Verbo. Pero pienso que esta fórmula es, desde el
punto de vista de la catequesis, bastante peligrosa.
Porque definir la Encarnación "a partir" de la divinidad
se traduce en el pensamiento cristiano común por una
imaginación que no se critica a sí misma y hace mucho
mal. Se imagina el movimiento de descenso del Verbo a la
Tierra que se reviste de una humanidad, en ella se
compromete más o menos (más bien menos que más, por otra
parte), y de todos modos vuelve hacia lo alto en la
Resurrección. Esta imaginación es muy respetable, es la
del Nuevo Testamento (Fil 2, 6 a 11), está vinculada a
la antigua representación del mundo:
cielo-tierra-infiernos que guarda siempre su valor
simbólico.
Pero esta
imaginación de la Encarnación lleva fácilmente a pensar
que la Encarnación fue un paso bastante ficticio en la
condición humana: Dios se vistió de hombre. De ahí, la
tendencia natural a ver un Jesús en dos pisos. Si la
planta baja resultaba insostenible, siempre había el
recurso de refugiarse en el piso superior.
Ahora bien,
la doctrina de la Encarnación insiste: Dios se hizo
hombre. No se mojó los pies en la vida humana, se
sumergió totalmente en ella. "Se anonadó en Sí mismo."
Por tanto,
el acercamiento al misterio de la Encarnación no se hace
obligatoriamente a partir de la realidad divina. El
Nuevo Testamento parte de la realidad humana de Jesús,
del Jesús concreto y descubre, poco a poco, la realidad
última de su misterio de hombre excepcional: El es la
imagen exacta de Dios. Ciertamente, al llegar a este
término, no se puede menos de pensar en la preexistencia
del Verbo de Dios: "En el principio era el Verbo... y el
Verbo se hizo carne." Pero no lancemos al viento nuestra
imaginación: porque ya la tenemos colocando juntas la
divinidad del Verbo y la humanidad de Jesús y buscando
el modo de unirlas. Ahora bien, la humanidad de Jesús no
es una realidad independiente. Es la humanidad del Hijo
de Dios.
Resumiendo,
yo creo que no se gana nada con subirse a las cumbres de
lo alto de la iniciativa divina. Quedémonos en nuestro
lugar, el de hombres, que en su camino de hombres
encuentran a Jesucristo. Y este Jesucristo real, que
sigue viviendo hoy, nos hace la pregunta decisiva: "Según
vosotros, ¿quién soy Yo?"
II. La
situación actual
Voy a
esquematizar de una manera escandalosa. Los dos tipos de
hombre que vamos a presentar no existen evidentemente en
estado puro. Son dos tendencias que se enfrentan quizá
dentro del mismo hombre.
Pienso que
actualmente hay dos clases de hombres que se interesan
por Jesucristo: unos que yo llamo los místicos y otros
los humanistas. Son dos "tendencias" espirituales, a mi
modo de ver tan válida la una como la otra. Pienso que
se puede abordar el misterio profundo de Jesucristo
tanto por una rampa como por otra. Basta con admitir que
su "pendiente" no es la única posible y que hay otras.
Hay que aceptar, sobre todo, que Jesucristo provoca;
contesta nuestro "temperamento" espiritual, le obliga a
abrirse y a superarse. El encuentro con Cristo es, tarde
o temprano un encuentro con el provocador.
III. La «pendiente»
mística
¿Cómo
definir el temperamento "místico"? Es la reacción
instintiva de los que tienen naturalmente sed "de un más
allá del hombre". Aquellos que sienten la proximidad de
otro mundo ("la verdadera vida está en otra parte") y
que tienen verdadera envidia de pasar al otro lado. Los
que se sienten en su casa dentro de un claustro,
cualquiera que sea la religión. Aquellos para quienes
las palabras: oración, recogimiento, silencio, mundo
interior, contemplación son palabras claves, palabras
liberadoras, de los que abren la tercera dimensión.
Estos hombres y mujeres no respiran más que bajo un
cielo despejado.
Abordar a
Jesucristo por este lado es una vía tradicional; parece
fácil por lo frecuentemente recorrida. En realidad, es
muy incómoda. Para las personas de temperamento "místico",
Jesucristo se presenta ante todo como un maestro
espiritual exigente, alguien que nos lleva a creer pero
sin concretar un Dios determinado.
—Jesucristo
empuja hacia la interioridad: "Cierra la puerta y ora en
secreto." Dejar la disipación y afrontar el silencio.
—Nos enseña
a eliminar todo cálculo en nuestras relaciones con Dios:
"Cuando hayáis hecho todo lo que debíais hacer, decid:
somos siervos inútiles." No creemos porque esto nos
afecte. Creemos gratuitamente.
—Jesús pone
un lazo indisoluble entre la oración y la vida cotidiana.
El perdón pedido al Padre va vinculado al perdón dado al
hermano. La búsqueda de Dios se conjuga con el servicio
a los hombres.
—Jesús nos
enseña también que hay una distancia entre Dios y el
hombre. No la distancia en el sentido de la palabra "distante",
sino la distancia en el sentido de 'desemejante". Dios
no es como nosotros. Cuando Jesús dice: "Cuando ores, no
seas reiterativo..." nos aconseja: "Respétate. Tú no
eres un esclavo ni un pedigüeño. Mantente de pie." Al
declarar: "Yo no rebajaré a Dios al pie de la pared..."
enseña a respetar a Dios. A Dios no se le manipula.
Jesús quiere un verdadero diálogo entre Dios y el
hombre, un diálogo basado sobre el respeto. Jesucristo
es, por tanto, un terrible purificador del sentimiento
religioso, del deseo místico. Toda su religión está
basada sobre la acción de gracias y la fe. La acción de
gracias es la mirada desinteresada sobre Dios, el
reconocimiento amoroso de su dependencia hacia Dios y el
respeto de la diferencia infinita. La fe sigue siendo
aceptación de la distancia: yo, hombre, tengo un
proyecto, pero Dios también tiene el suyo. Yo no me
someto ciegamente a su voluntad y no trato de traer
abusivamente a Dios a mis planes. Vivo con la persuasión
de que a través de mi vida humana, Dios intervendrá a su
manera y su gracia transfigurará mi persona, mi vida y
el mundo.
Es quizá
peligroso creer con demasiada precipitación que Jesús es
el Hijo de Dios. Hay quizá un tiempo preliminar
indispensable en que se aprende, al lado de Jesús, a
creer directamente en Dios. Porque nuestra necesidad de
transcendencia, nuestra necesidad de Dios no es nunca
pura. Tenemos una tendencia continua a la idolatría.
Jesús mismo se puede convertir en un ídolo, es decir,
una imagen ampliada de nosotros mismos ("Jesusito", "el
Amigo ideal", "el gran Barbú", "el No-Violento",
etcétera). Hay que aprender de Jesús que Dios es
totalmente Otro y a pesar de ello no es un extraño.
Y así se
está quizá mejor preparado para recibir poco a poco el "escándalo",
es decir, el choque de la Encarnación. Este es el
sentido completo de la fiesta de Navidad: no una
elucubración sino una contemplación, una acogida (en que
los sencillos tienen forzosamente la ventaja).
La
aceptación de esta realidad: "Este niño, este hombre,
este esclavo crucificado es el reflejo exacto, a nuestro
nivel de hombres, del Misterio insondable de Dios." O
bien: "el misterio de Dios no es realmente abordable más
que a través del testimonio de esta humanidad de
Jesucristo".
Ahora bien,
vemos en Jesús a un hombre pobre, un hombre humilde, un
hombre que depende de los demás, un hombre que perdona.
Esta vida testimonia que Dios es pobreza, dependencia,
humildad y perdón. La acogida de esta Revelación de Dios
(Dios se muestra a cara descubierta) no supone una
inteligencia acerada, ni un carácter bien templado.
Creer que Jesús es Dios mismo es creer que Dios no es
más que Amor: esto supone simplemente haber amado un
poco y haber llevado el amor un poco lejos: "El que ama
conoce a Dios."
Porque si
se han dado algunos pasos en el camino del don de sí, se
adivinan las tendencias principales, esas corrientes
profundas del amor que nos llevarían lejos si nos
dejáramos conducir. El amor, en estas tendencias
radicales es pobreza, es decir, don de sí mismo. El rico
capaz de hacer regalos, de desplegar sus cualidades,
corre el riesgo de olvidar el secreto del amor: darse a
si mismo. La frase magnifica de J. Prévert en Les
enfants du Paradis: "Amigo mío, os amo por lo que tenéis.
¿No estáis satisfecho? ¿Querríais que os amara por vos
mismo? Pero entonces, ¿qué les quedaría a los pobres?
Son los pobres a quienes se ama por ellos mismos." Dios,
no teniendo otra cosa que dar más que a Si mismo, es el
infinitamente pobre. Y es esto de lo que da testimonio
Jesús al venir materialmente como pobre y vivir con las
manos vacías. Su tentación será justamente dar el pan,
el sueño, el paraíso. Lo rechazará y morirá desnudo: no
puede dar más que a Si mismo: "No hay mayor amor..."
J/A-H: El amor en sus tendencias
radicales es dependencia frente aquel a quien se ama. El
amor no puede forzar el "sí" del otro. Es, por tanto,
discreción, pudor, mesura, espera. El amor desarma y, en
cierto sentido, te entrega al otro (por ejemplo, el
padre ante los hijos). Esto es lo que testifica Jesús
crucificado, "entregado", como dice la plegaria
eucarística. Es impotente y da testimonio de que Dios es
impotente ante nuestra libertad. Porque el amor no puede
apelar al menor chantaje sin renegar de sí mismo.
Depende enteramente de la respuesta.
El amor, en
sus tendencias radicales, es humildad y servicio. Porque
lo que ante todo cuenta para El es el servicio del otro.
Hay ciertas humildades del amor que son malsanas, otras
envilecen, que se complacen en la esclavitud. Pero aquí
se trata de un amor libre, capaz de permanecer a
distancia del otro y que, no obstante, quiere
apasionadamente su desarrollo. Es lo que testimonia
Jesús al lavar los pies. El comienzo del capítulo 13 del
Evangelio de Juan es muy solemne: Jesús viene del Padre
y vuelve al Padre. Jesús es rico de Dios, Dios sólo
llena su vida. Pero lava los pies de sus amigos. No es
un acto de virtud obligada. Jesús no guarda las
apariencias. Realiza la verdad. El es el Amor y el amor
no soporta mirar a otro desde arriba. Se pone de
rodillas para que puedan mirarlo incluso los humillados.
El amor, en
sus tendencias radicales, es perdón, es decir, capacidad
de absorber el mal y de convertirlo en amor. Pero
nosotros en general, perdonamos sin olvidar. Jesús
perdona "desinteresadamente", sin ninguna acrimonia ni
dilación. Dios perdona y olvida que ha perdonado, de tal
manera que entre El y nosotros no queda más que la pura
gratuidad de la confianza. Todo el contencioso queda
sobreseído para siempre.
Así todo
hombre que sabe por experiencia lo que es el amor,
reconoce en Jesús una transcendencia, una perfección
increíble en el amor. Un amor muy por encima del nuestro.
Pero esta perfección no nos aplasta, porque la
perfección de la Belleza aplasta, o la de la
Inteligencia o la del Poder. Pero no la perfección del
amor, ya que es mano tendida y mirada ofrecida. El Amor
perfecto es perfectamente simple, discreto, pero
infinitamente fascinante.
El hombre
místico que buscaba a Dios, dispuesto a un largo camino
hacia las cumbres de la vida espiritual, ve venir hacia
su encuentro a un Pobre silencioso. Si tolera el retraso
de su itinerario y la familiaridad un poco lanzada con
este hombre de discreción deslumbrante, descubrirá que
buscar a Dios es aceptar ser encontrado por El. El amor
está aquí y Dios no puede tener otro rostro que el
rostro de Jesucristo.
IV. La «pendiente»
humanista
El título
de "Cristo" podría traducirse por "el Hombre", el hombre
que esperamos, el hombre que no ha nacido todavía, el
hombre de verdad que seguimos esperando. Jesús sería, en
esta óptica, el que responde a los deseos del hombre en
búsqueda de sí mismo.
Este
acercamiento a Jesús es un acceso cada vez más familiar
a muchas personas de hoy. Estos hombres y mujeres son
poco accesibles a la mística y están mucho más
inclinados a la acción. Para ellos, Dios es más una
cuestión que una afirmación. Se sienten ante todo de
esta tierra y tienen la pasión del hombre. Su potencial
de sentimiento religioso, están dispuestos a invertirlo
al servicio de la promoción indefinida de la Humanidad,
de su liberación y de su unificación. Tienen una
religión pero la religión del hombre. Tienen ritos, una
utopía, un lenguaje de ofrenda, de sacrificio y de
superación, tienen sus héroes y una vinculación única a
Jesucristo. Hace ya tiempo que oí a un joven proclamar:
"¿Dios? No lo conozco. No conozco más que a la Humanidad
y a Jesucristo."
Algunos
cristianos se maravillan de su pasión por Jesucristo. "¿Cómo
pueden creer en Jesucristo si no creen en Dios?" Es un
hecho: "siguen" a Jesús. Su vinculación a Cristo está
enraizada en su acción por los hombres, ya que Cristo
está estrechamente unido a su acción por los hombres en
su vida de militantes. Esta vinculación es difícil de
captar para los espíritus intelectuales. Los cristianos
de este tipo "humanista" han recibido la luz de
Jesucristo en el seno mismo de su acción. Su
descubrimiento de Jesucristo no les ha venido
fundamentalmente por la reflexión o la meditación ni la
comprensión sino por el compromiso al lado de los
humillados de todas clases y al lado de los que no
renuncian y deciden seguir luchando. En este compromiso
es donde Jesucristo adquiere para ellos una estatura
única y donde ponen en El una confianza sin límites.
R. Garaudy
ha escrito, en esta línea, un texto ya célebre:
J/GARAUDY:
"Hacia
el reinado de Tiberio, un personaje abrió una brecha en
el horizonte de los hombres.
Debió
vivir de tal manera que toda su vida tuvo este
significado: cada uno de nosotros, puede en cada momento,
comenzar un nuevo futuro. Decenas, centenares quizá de
narradores populares contaron esta buena nueva. Nosotros
conocemos tres o cuatro.
El
choque que había recibido lo expresaron con las imágenes
de la gente sencilla, de los humildes, de los ofendidos,
de los afligidos, cuando sueñan que todo es posible: el
ciego que se dispone a ver, el paralítico a caminar, los
hambrientos del desierto que reciben pan, la prostituta
que se siente mujer, este niño muerto que comienza a
vivir.
Para
proclamar hasta el final la buena nueva, era necesario
que El mismo, por su resurrección anunciase que todos
los límites, el límite supremo: la muerte misma había
sido vencida.
Tal o
cual erudito puede contestar cada hecho de esta
existencia pero ello no cambia nada a esta certeza que
transforma la vida. Se ha encendido una hoguera.
Demuestra la chispa o la llama primera que la originó.
En este
hombre el amor debía ser militante, subversivo, sin el
que, El el primero no habría sido crucificado.
Hasta
entonces, todas las sabidurías meditaban sobre el
destino, sobre la necesidad confundida con la razón. El
demostró la locura de las mismas. El es lo contrario del
destino. El, la libertad, la creación, la vida. El que
fatalizó la historia.
El
realizó las promesas de los héroes y de los mártires con
el gran despertar de la libertad. No solamente las
esperanzas de Isaías o las cóleras de Ezequiel. Prometeo
estaba desencadenado, Antígona fuera de su encierro.
Estas cadenas y estos muros, imágenes míticas del
destino, caían ante él hechas polvo. Todos los dioses
estaban muertos y el hombre comenzaba. Era como un nuevo
nacimiento del hombre.
Yo miro
esta cruz del que es símbolo y sueño con todos aquellos
que ampliaron la brecha, en todos los que nos hicieron
tomar conciencia de que el hombre es demasiado grande
para ofrecerse a sí mismo.
Vosotros,
encubridores de la gran esperanza, que nos robó
Constantino, gentes de Iglesia, ¡devolvednoslo! Su vida
y su muerte también nos pertenece, a todos aquellos para
quienes tiene un sentido. A nosotros que hemos aprendido
de él que el hombre ha sido creado creador".
He aquí
otro texto que, al parecer, fue escrito por Che Guevara
J/CHE-GUEVARA
"Yo te
amo, Cristo,
no porque hayas descendido de una estrella
sino porque me has revelado
que el hombre tiene lágrimas, angustias,
llaves para abrir las puertas de la luz.
Sí... Tú me has enseñado que el hombre es Dios,
un pobre Dios crucificado como Tú
y que incluso el que está a tu izquierda en el Gólgota,
el mal ladrón, es también un Dios. . . "
Lo mismo
que los "místicos" en su pendiente aprenden de Jesús a
purificar su sentimiento religioso, los "activos" verán
también purificada y ampliada por Jesucristo su pasión
por el hombre.
—Jesús nos
enseña a amar a todos los hombres, a abrazarlos a todos
en una misma pasión, a los de retaguardia y a los de
vanguardia.
—Nos enseña
a unir la esperanza más amplia al servicio más humilde y
más realista. Creer en un mundo de alegría enseñando a
un débil convencido a arreglárselas y hacer su desayuno
(tal es para él el primer paso hacia la libertad).
—Jesús nos
enseña que el sueño más descabellado (ser inmortal) se
realiza aceptando la realidad más dura (morir). El
compromiso consiguiente y durable en la acción es
ciertamente el lugar privilegiado para captar el
misterio pascual: la subida al cielo por el
descendimiento a los infiernos. O como decía un joven:
"Las brechas se pagan con la muerte de aquel que se
arriesga a ellas." Jesús enseña al hombre que, para
llegar a ser Dios, es necesario consentir ser plenamente
hombre, por tanto, mortal.
—Jesús nos
enseña que la promoción del hombre, en fin de cuentas,
no se conquista, se acoge. Más bien "llegará" en lugar
de "tenerse". Porque esta promoción verdadera del hombre
no puede ser más que promoción en la libertad. Y desde
el momento en que se da prioridad a la libertad, es más
el dominio de la gracia que el de la conquista. Hay
siempre un momento en que hay que esperar a que el otro
se decida a avanzar sobre el camino que se le ha
preparado. La actividad de Cristo culmina en la
pasividad de la cruz.
—Jesús nos
enseña que la fe da razón de todo, incluso de lo
imposible. Se trata aquí de una fe que se expresa por la
acción reducida a los límites de la acción pero que no
baja los brazos. Así, el "humanista", el hombre de
acción que ha caminado con Jesucristo ha visto ampliarse
su horizonte en todas las dimensiones: su amor se siente
universal, su esperanza quiere abrazar a toda la
realidad humana desde el sueño más descabellado hasta la
prueba más dolorosa, su fe en el hombre se siente
indestructible. Pero en realidad, ¿qué es este hombre
por el cual se bate? El sabía ya que el hombre es un
caminante infatigable. A medida que el hombre cambia el
mundo, se realiza un poco más y lanza su sueño un poco
más lejos. Es un ser que se supera sin cesar. ¿Cuándo se
realizará plenamente?
Y aquí es
precisamente donde Jesús pide al hombre de acción no
limitar sus ambiciones. El hombre para Jesús es paso,
tránsito a lo que no es el hombre, a lo que
verdaderamente supera al hombre, a lo que está por
encima del hombre, a todo eso que precisamente queremos
expresar cuando pronunciamos la palabra "Dios". "Deberíais
alegraros porque me voy hacia el Padre, pues el Padre es
mayor que Yo." Jesús vio su muerte como una "elevación",
un "tránsito". Porque para El, la vida humana tiene un
sentido: convertirse en diálogo cada vez más íntimo con
Dios, una revelación cada vez más clara de la presencia
de Dios, una "glorificación", es decir, una entrada en
la vitalidad divina. "A este Jesús de Nazaret, Dios le
ha hecho Señor y Cristo." El hombre de acción descubre
que se le propone un itinerario semejante. Sobre las
huellas de Jesús, ha querido ir lo más lejos posible, ha
aprendido a esperar en la fe el fruto último de su
acción, ya que la felicidad no se exige, se recibe. Y
Cristo le pide mirarle con más atención: El es esta
dicha, El es el fin. No es solamente el Maestro, el
Compañero, el Pionero. El es el Descanso, la Tierra
Prometida, el Amor que sacia verdaderamente. El hombre
descubre que este Hombre es el Hombre Perfecto ya que es
la humanidad de la Perfección, es el Hombre-Dios. El
militante seguirá su camino en paz, el Futuro está ya en
medio de nosotros, lo que el hombre haya de ser se ha
realizado ya: un hombre primogénito de una Humanidad
nueva, es DIOS.
De esta
manera, sea por la vía "mística" o por la vía "humanística",
el cristiano, para descubrir a Jesucristo, debe aceptar
ver sometidas sus ideas a juicio. Creía saber quién es
Dios y Jesucristo le vuelve a enseñar quién es Dios.
Creía saber quién es el hombre y Jesucristo le vuelve a
enseñar el hombre. Se puede, pues, concluir que una vía
lleva a la otra ya que en los dos casos apela a esta
vuelta cuyo nombre tradicional es la "conversión".
Parece como si San Marcos hubiera escrito su Evangelio
contra cierto abuso de los títulos dados a Jesús: Señor,
Hijo de Dios, Cristo, etc. Todos estos títulos corrían
el peligro de atenuar la fe.
Llamando a
Jesús esto o lo otro, se imaginaban conocerle. La fe,
según San Marcos, consiste en seguir a Jesús sin idea
preconcebida, a seguirle incluso y a pesar de que
rechace los calificativos con que se le quisiera
etiquetar.
"¿Eres
hombre? ¿Eres Dios?" No es el hombre ni el Dios que te
imaginas. Es un Dios humano, es un hombre divino. El es
El, el Único. La fe, como el amor va más lejos que el
Hombre.

V. El
misterio de la Encarnación
ENC/MISTERIO: Hay quizá que
tratar de expresar este hecho extraordinario, esta
revelación de que el Verbo se haya hecho este hombre
Jesús o que este hombre Jesús sea Dios encarnado. Una
oración de Navidad llama a esto "Pasmoso intercambio" (O
admirabile commercium). Hemos visto anteriormente que la
filosofía griega había proporcionado a la enseñanza de
la fe las ideas de naturaleza, de persona, etc. Este
lenguaje filosófico nos es muy extraño. Quizá el
lenguaje de la experiencia nos sea más accesible. Sea la
experiencia amorosa, sea la experiencia religiosa.
El sentido
del amor, al menos su voto, es ser el otro, sin dejar de
ser uno mismo y sin impedir que el otro sea él mismo. El
amor deja de existir si no se mantiene la distancia.
Para que haya amor es menester que haya dos y sean
verdaderamente diferentes (en Cristo, las dos
naturalezas, humana y divina, son diferentes y
mantenidas en su integridad).
Pero el
amor es un don de mí mismo de tal manera que el otro sea
él mismo, sostenido por mí, alimentado por mí. La
expresión: "Tú eres mi mujer, tú eres mi marido" podría
entenderse en el sentido siguiente: "Yo, hombre que te
amo, te permito ser plenamente mujer. Yo, mujer que te
amo, te permito ser plenamente hombre. Tú eres mi
feminidad, tú eres mi virilidad. Un otro yo mismo o
mejor un yo mismo otro."
Así, el
lenguaje del amor podría ayudarnos a introducirnos en
este misterio de un Dios que se hace hombre o de un
hombre que es el Otro, que es el Absoluto. Una sola
persona, decía el lenguaje filosófico. Es el Verbo quien
hace existir la humanidad de Jesús, quien la hace
existir como verdadera humanidad. Es la humanidad de
Dios. El adulto podría decir a su pequeño: "Tú eres mi
hijo porque yo te he hecho existir en tu personalidad de
hijo." O el hombre a su mujer: "Tú eres mi feminidad
porque te he hecho existir en tu personalidad de mujer."
El lenguaje
de la experiencia religiosa (de todas las grandes
religiones) tiene un alcance semejante: el hombre que
adora a su Dios querría perderse en El, desaparecer pero
sin desaparecer. Brillar pero sin disolverse. Ser el
Otro sin dejar de ser él mismo.
La
Encarnación de Dios en Jesucristo puede expresarse así
como el sueño realizado de la verdadera unidad.
PAUL GUERIN
YO CREO EN DIOS
Las palabras de la fe, hoy
Edic. MAROVA. MADRID 1978. Págs. 45-58

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