PASTORAL
FAMILIAR
TEMA:
“DIOS EN LA PAREJA, SER CREYENTE CRISTIANO HOY” (espiritualidad conyugal)
Objetivos de la sesión:
-
Descubrir que la relación del hombre con Dios es la
dimensión más profunda del ser humano.
-
Comprender que nuestra vida de fe también ha de ser
compartida con nuestro cónyuge.
-
Ayudar a ver que el amor de la pareja debe ser un camino
para descubrir el amor de Dios.
Desarrollo:
Materiales Necesarios:
Introducción al tema ser creyente cristiano
hoy
También en el campo de la fe llegamos al
matrimonio con una historia personal propia que vamos a compartir, de forma que
a partir de ahora nuestra vivencia religiosa ya no es sólo personal:
también hay una parte “a dos”, porque mi vida ya no es sólo mía, somos dos los
que estamos en ello.
La dimensión religiosa, por ser una opción de vida, nos compromete personalmente
y pertenece de tal modo a nuestra intimidad que muchas veces resulta complicado
mostrarla a los demás, principalmente cuando no estamos seguros de que el otro
sepa entender bien nuestra vivencia religiosa. Sin embargo es sumamente gratificante
el poder compartir esta experiencia con los demás y especialmente con las personas
a las que quieres; no debemos olvidar que Dios es amor y el matrimonio y la
familia son una escuela privilegiada de aprendizaje del amor.
Dinámica de participación sobre nuestras
experiencias de fe
Porque la fe cristiana debe ser comunitaria los
invito a compartir con el grupo cuáles son nuestras experiencias de fe,
actividades religiosas en las que participamos, podríamos llamarlo nuestro “currículo
eclesial”. A modo de ejemplo podríamos expresar cómo nos consideramos en
cuestiones religiosas: Me considero creyente… participo en la comunidad
parroquial… soy catequista… pertenezco a algún movimiento cristiano… voy a misa
sólo de vez en cuando… la verdad es que no tengo mucho interés por estos temas…
etc.
les estoy invitando a compartir, es decir a
ofrecer a otros lo que nosotros somos o hacemos. Por eso lo hacemos desde la
verdad de nuestra vida. Y los demás recibimos esa participación como se recibe
un don: no se juzga, se acepta y se agradece. No se trata de ver cuántas cosas
hace uno o qué pocas hace otro, sino de reconocer y compartir lo que está
haciendo Dios en nuestras vidas.
Esta participación puede resultar a veces un
tanto embarazosa, por eso los catequistas estarán muy atentos para detectar
cuando se debe seguir y cuando puede ser conveniente no forzar la participación
y comenzar el tema. De todos modos recomendamos hacerla o al menos intentarlo
pues a veces basta que alguna pareja comience su participación para que las
demás les sigan de modo natural. Hay que tener en cuenta que ya llevan varios
días juntos y ha debido crearse un clima de confianza entre los catequistas y el
grupo y entre las parejas entre si. Además nos permite conocer o al menos intuir
cuáles son las experiencias de fe del grupo y enfocar de un modo u otro la
charla sobre ser creyente hoy y dar respuesta a preguntas reales.
Presentación del tema ser creyente hoy
“A Dios no lo ha visto nadie nunca” nos dice el apóstol San
Juan (IJn.4,12), pero Dios se hace presente y visible al hombre que tiene ojos
para Dios. Ser creyente es descubrir a Dios en los signos de la vida. Hoy puede
resultar algo más difícil creer en Dios porque el hombre actual está perdiendo
el sentido del misterio, está acostumbrado a verlo todo, a medirlo todo, a
calcularlo todo. Todo lo representa por imágenes, vive a un ritmo acelerado,
apenas dispone de silencio y de tiempo para encontrase consigo mismo y con el
prójimo, para saborear realidades íntimas como el amor y la amistad. Cada vez
encuentra más dificultad para captar las realidades profundas. Y Dios no se
puede ver, ni tocar, ni medir, no cabe en el disco duro de nuestro ordenador… y
sin embargo está muy cerca de nosotros, esperando que lo descubramos. Pero hoy
no podemos seguir viendo a Dios como a ese ser mágico que soluciona las cosas
que no tienen solución, al que acudimos solamente en los momentos de peligro o
de necesidad para que nos saque de apuros.
El hombre actual ha de descubrir a Dios en la gratuidad.
Dios nos ama por nosotros mismos, no por lo que tenemos o por lo que podemos
darle y quiere que le amemos a El del mismo modo. Dios puede dar sentido a
nuestra vida, puede ayudarnos a entender lo que es amar de verdad. No debemos
tener miedo a Dios, ni pensar que Dios quiere nuestras cosas, nuestro dinero o
aquello que poseemos. Dios nos quiere a nosotros no a nuestras cosas. Si
descubrimos esto encontraremos que amar a Dios nos hace felices y descubriremos
que amar a Dios exige amar también al prójimo porque Dios es Padre y nosotros,
sus hijos, somos hermanos. Y poco a poco comprenderemos que compartir con los
demás lo que tenemos no nos empobrece sino que nos enriquece. Pero todo esto no
puede imponerse así sin más. Hay que descubrirlo. Dios es como una perla
preciosa y solamente el mercader entendido en perlas está dispuesto a vender lo
que tiene por comprarla, puesto que sabe que tener esa perla compensa el dejar
otras cosas (Mt 13,45-46). La fe en Dios no se puede imponer, se ofrece para ser
descubierta y aceptada.
Por eso os invitamos a recorrer juntos el camino de
descubrir los signos por los que Dios se nos manifiesta cuando estamos abiertos
a la posibilidad de su existencia.
El primero de los signos es
la creación.
Del mismo modo que descubrimos la genialidad del pintor al ver sus cuadros los
creyentes vemos a Dios en la obra maravillosa del universo; pero si resulta
fascinante contemplar el equilibrio, el ritmo y la armonía de la creación, donde
verdaderamente descubrimos la huella de Dios es en el hombre creado a imagen y semejanza de Dios, capaz de pensar, desear, amar y ser amado. Y
principalmente capaz de abrirse a la trascendencia y de saberse amado por Dios.
A veces no vemos a Dios por que lo buscamos donde no está, allá en la
estratosfera y lo tenemos muy cerca, al lado nuestro, dentro de nosotros mismos.
El signo visible más auténtico de Dios es
Jesucristo, el propio Dios hecho hombre en Jesús de Nazaret. El Dios de los
cristianos es un Dios que no se queda tranquilo allá en los cielos, en su mundo,
sino que le interesamos tanto los hombres que no dudó en hacerse uno de nosotros
y compartir nuestra vida, “tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único”
(Jn.3,16). Adán y Eva, el hombre, la mujer, pensaron que era poco ser hombres y
quisieron ser dioses. Dios sin embargo sí quiso ser hombre y desde ese momento
tenemos en la humanidad al Hombre que es la verdadera y auténtica “imagen del
Dios invisible” (Col.1,15).
Ser creyente cristiano, por lo tanto, es creer
en Jesús de Nazaret, muerto y resucitado. Es creer que Jesús está vivo y cercano
a nosotros, y que El es el único camino para conocer a Dios Padre.
Jesús
nos enseña a ser hombres. Tenemos
en Él un modelo de existencia. Nos enseñó a ver la vida con los mismos ojos del
Dios que la ha creado. Nos enseñó que la vida vale más que el alimento y el
cuerpo más que el vestido. Nos manifestó el valor del trabajo trabajando con sus
manos; nos enseñó a relacionarnos con los demás, a descubrir la profundidad del
ser humano, la dignidad de la persona, a valorar al hombre por lo que es y no
por lo que tiene, manifestando especial predilección por los pobres, pecadores y
necesitados de amor. No nos dio ningún discurso sobre el dolor y la muerte pero
sufrió con intensidad y nos enseñó a soportar el dolor y la injusticia y a
aceptar la muerte como necesaria para la plenitud de la vida: “si el grano de
trigo no muere no da fruto” (Jn 12,24). Le devolvió al hombre su dignidad de
hombre como hijo de Dios que había perdido por el pecado.
Jesús
nos enseña cómo es Dios que hace
salir el sol todos los días sobre buenos y malos, viste a los lirios del campo y
da de comer a las aves del cielo. Es el buen pastor que busca a la oveja perdida
y hace más fiesta en el cielo por un pecador arrepentido que por noventa y nueve
justos que no necesitan penitencia. Pero sobre todo Dios es el padre amoroso que
espera todos los días el regreso del hijo pródigo para hacerle un banquete
porque ha vuelto a la casa paterna. A Dios le gusta que sus hijos vuelvan a la
casa del Padre. No olvidemos que Dios espera siempre.
Jesús nos enseña que a Dios le gusta que lo
llamemos Padre, padre nuestro, de todos los hombres, lo que nos
constituye a todos en hermanos y nos enseña que no podemos decir que queremos a
Dios a quien no vemos sino queremos al hermano al que sí vemos. Para ver a Dios
tenemos que mirar a Jesús de Nazaret y para encontrarnos con Jesús tenemos que
encontrarnos con nuestros hermanos los hombres, con nuestro prójimo.
Jesús sigue vivo y presente entre los hombres a
través de su Iglesia. La Iglesia somos Jesús resucitado y sus amigos, los
bautizados, reunidos en torno a la mesa de la eucaristía. Jesús quiso seguir con
nosotros y lo hace a través de signos o señales que llamamos sacramentos.
Todo sacramento actualiza la acción salvadora de Jesús y es señal de su
presencia entre nosotros.
Uno de los sacramentos es el
matrimonio.
El amor que se tienen los esposos entre si, sin perder ninguna de las
características del amor humano se constituye en señal del amor de Dios a los
hombres y del amor con el que Cristo se entrega a su Iglesia.
Creer en Dios es orientar nuestra vida hacia
Él. Creer en Dios como pareja es creer juntos, compartir una misma fe, buscar
juntos a Dios y orientar hacia Él nuestra vida de casados. Es meter a Dios en
nuestro “proyecto de pareja”. Es encontrar a Dios en el amor que nos tenemos
como marido y mujer; tratar de remover aquellos obstáculos que dificultan
nuestra convivencia; ser guía para el otro en su búsqueda de Dios; acompañarnos
mutuamente en las dudas y desánimos que podamos encontrar en nuestra fe; saber
reconocer a Dios en nuestros hijos y en las personas que nos rodean y hacerlos
más felices. Y todo esto juntos. Descubrir juntos cómo amó Jesús a Dios, su
Padre, y a sus amigos y cómo fue fiel hasta entregarse y cumplir lo que nos
había enseñado, que “nadie ama más que el que da la vida por la persona amada”
(Jn.15,13).
Puede
establecerse un diálogo sobre el tema
Preguntas para el diálogo en pareja:
Orientación del catequista:
Estas preguntas son para que las responderan
con tranquilidad en un clima de sosiego y de diálogo entre ustedes
Ahora vas a echarles una ojeada y anotar
aquellas sugerencias que les parezcan convenientes para que después les resulte
más fácil responder. Por ejemplo: ¿Cuáles les parecen más complicadas?
¿Quitarías alguna? ¿Cuál añadirías? ¿Necesitaríais alguna explicación sobre
alguna de ellas? Etc....
Se entregan las preguntas para el diálogo en
pareja.
Preguntas para el diálogo en pareja:
1) Sobre la orientación de nuestra vida:
¿Vamos a admitir a Dios en nuestra vida? ¿Será
una cuestión personal de cada uno de nosotros, o formará parte de nuestro
proyecto?
¿Contaremos con Él cuando tengamos que tomar
decisiones importantes? ¿Nos pararemos a pensar qué quiere Dios de nosotros?
¿Enseñaremos a nuestros hijos a querer a Jesús y a tenerlo presente en su vida
como el hermano mayor que nos lleva hasta el Padre?
2) Sobre la forma de vivir nuestra fe:
¿Rezaremos juntos? ¿Nos cogeremos de la mano y
le diremos a Dios “¡Padre nuestro!”?
¿Participaremos juntos en la celebración de la
eucaristía del domingo?
¿Cuándo hablemos con otras personas,
familiares, amigos, y salga en la conversación el tema de Dios y la religión
sabremos transmitir nuestras vivencias religiosas o consideraremos que es algo
que no debe participarse a los demás?
3) Sobre la vida de fe en comunidad:
¿Pensamos que podemos vivir solos nuestra fe o
nos planteamos vivirla en la parroquia o en alguna comunidad eclesial?
¿Conocemos algún grupo que pueda ayudarnos en
este campo de la vivencia y experiencia de la fe? ¿Estaríamos interesados en
participar en algún grupo?
(Los catequistas controlarán cómo se desarrolla la
sesión en cuanto al tiempo y la participación de los asistentes, y si lo creen
conveniente pueden omitir o dejar esta parte para otra sesión)
Pistas de vivencia cristiana:
Orientación del catequista:
Vamos a detenernos en tres pistas de la
vivencia de la fe y de la espiritualidad cristiana en la pareja como son: La
oración, la comunidad y el diálogo conyugal.
Leeremos lentamente estas orientaciones y al
final de cada una podemos compartir aquella idea o comentario que la lectura del
texto nos sugiera a cada uno.
Pistas de vivencia
cristiana: La oración
Oración conyugal:
Sin oración no se progresa en el conocimiento y en el amor de Dios. De la misma
manera que tenemos que hablar entre nosotros, encontrarnos con el otro, con el
amigo, con el hermano, también hay que hacerlo con el Señor Jesús. De no ser así
la relación se apaga.
La oración nos da la certeza profunda de
sabernos amados y esperados. No es un asunto de especialistas. Todos los
cristianos debemos de vivir esta relación con Dios de persona a persona, durante
nuestra vida. Es un don de Dios y una obra del hombre.
Es casi seguro que cada uno de nosotros se
dirige alguna vez a Dios en busca de ese encuentro y comunicación personal,
incluso podemos tener una forma propia y personal de hacerlo.
Ahora hemos tomado la decisión de compartir
nuestras vidas y para un creyente en Cristo una de las dimensiones más
importantes de su vida es la fe, por eso vamos a hacer de nuestro amor un
sacramento, una señal o signo de la alianza, del amor de Dios a los hombres y de
Cristo a su Iglesia. Y por eso tenemos que compartir nuestra vida de fe
expresada en la oración. Es bueno que sin dejar nuestra oración personal demos
el paso a una oración conyugal. Vivimos juntos y oramos juntos.
La oración conyugal tiene una razón de ser:
alabar a Dios juntos, pedirle perdón, interceder por los que amamos y por el
mundo entero y, sobre todo, buscar juntos su voluntad sobre nosotros.
Podemos tener dificultades provenientes de
nuestra resistencia a mostrar al otro nuestra intimidad, pero podemos superarlas
si somos comprensivos y pacientes y no imponemos nuestro ritmo al otro.
Pistas de vivencia
cristiana: La comunidad
Jesús quiso que viviésemos la fe en
comunidad. De hecho él eligió a doce de sus
discípulos para que le acompañasen y viviesen con él. Los primeros cristianos
llamaban la atención de sus conciudadanos porque formaban comunidad, se ayudaban
mutuamente, se reunían para la fracción del pan y ponían su vida en común,
decían de ellos al verlos: “mirad cómo se aman”.
La Iglesia a la que pertenecemos es la
comunidad de los bautizados, creyentes en Jesús.
Esa gran comunidad está compuesta de pequeñas comunidades, de características
muy diversas, grupos parroquiales, movimientos apostólicos, etc., en los que el
creyente vive su fe. Cada uno de esos grupos es también la Iglesia.
Porque somos débiles y necesitamos que los
demás nos ayuden debemos creer en la eficacia de la ayuda mutua fraterna.
Un matrimonio ya es en sí mismo una comunidad
cristiana, una iglesia doméstica, pero la experiencia nos dice que necesitamos
de los demás, del otro que está próximo y cercano a nuestra vida, un grupo donde
podamos sentir la cercanía del hermano que me ama y a quien amo, alguien con
quien compartir mi fe y experimentar la fuerza de las palabras de Jesús en el
evangelio: “También os aseguro que, si dos de vosotros se ponen de acuerdo en
la tierra para pedir cualquier cosa, la obtendrán de mi Padre celestial. Porque
donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”
Mt,18,19-20.
Pistas de vivencia cristiana: El diálogo conyugal
Al hablar del proyecto de pareja veíamos la
necesidad de que estuviese edificado sobre roca para que los vientos y las
tempestades no le hiciesen daño. Aún estando bien edificado conviene repasarlo
de vez en cuando, para ir tapando grietas y arreglar pequeños deterioros antes
de que vayan a más.
La grieta más peligrosa es la rutina. Se
apodera de las costumbres familiares, de la vida en común, de las
manifestaciones de afecto, de la vida religiosa.
Hay un medio, contrastado por la experiencia de
muchas parejas, que puede ayudaros a superar la rutina. Consiste en dedicar un
tiempo periódico, cada mes o cada dos meses, a tener una entrevista con nosotros
mismos. Debe ser un tiempo “especial”, es una cita importante que hemos
concertado de antemano y que no debemos dejar si no es por una causa
verdaderamente importante.
Y, ¿qué hacer en esa entrevista? ¿De qué
hablaremos? Podemos empezar por relajarnos, por no tener prisa, por leer un
trozo de algún libro que nos guste para ese momento, poner un poco de música que
invite a la intimidad. Podemos ponernos en la presencia de Dios, recordad...
“cuando dos están reunidos en mi nombre allí estoy yo”...
Podemos hablar de nosotros, ¿Me quieres un poco
más que el primer día? ¿Hay algo que te gustaría decirme y no encuentras
momento? Es un buen momento para perdonarnos porque nos queremos. Debemos
alabarnos mutuamente por todo lo bueno que tenemos y que a veces nos
cuesta tanto reconocer. No nos olvidemos de darnos las gracias por lo que
eres y significas para mi. Es también un buen momento para ofrecerse al
otro, ¿qué deseas que haga por ti? y para suplicar: necesito tu ayuda.
¿Qué decimos de nuestros hijos?
También hablaremos de nuestro hogar ¿Cómo es?
¿Es acogedor? ¿Cuando vienen los amigos o familiares se sienten a gusto?.
Podemos hablar de Dios y de Jesús el señor,
¿Qué lugar ocupa en nuestra vida de casados? ¿Somos sacramento el uno para el
otro?
Alguna vez podemos revisar nuestro proyecto de
vida.
Este encuentro, como vemos, es especial, no es
lo mismo que cuando una pareja dice “nosotros siempre hablamos de todo y lo
comentamos todo”. Es una diálogo realizado en un clima propicio, con una
actitud positiva. Acogemos sin reticencias las sugerencias que pueda
hacernos el otro, pero no nos aprovechamos de la situación de acogida para
descargar todo aquello que no nos atrevimos a decir en otro momento. Somos
valientes y sinceros pero jugamos limpio, no nos damos golpes bajos. Tiene que
servir para fomentar nuestra comunicación y nuestro afecto. Por eso tenemos que
tener cuidado de no ser rígidos y encorsetar nuestro encuentro. Si hemos pensado
hacerlo en un día determinado y nos parece que en ese momento no estamos en
buena disposición lo dejamos para otro día.
Iluminación de la fe: 1
Cor 13
“¿De qué me sirve hablar las lenguas de los hombres y de
los ángeles? Si me falta el amor, no soy más que una campana que repica o unos
platillos que hacen ruido. ¿De qué me sirve comunicar mensajes en nombre de
Dios, penetrar todos los secretos y poseer la más profunda ciencia? ¿De qué me
vale tener toda la fe que se precisa para mover montañas? Si me falta el amor,
no soy nada. ¿De qué me sirve entregar toda mi fortuna a los pobres, e incluso
mi cuerpo a las llamas? Si me falta el amor, de nada me aprovecha.
El amor es comprensivo y servicial: el amor nada sabe de
envidias, de jactancias, ni de orgullos. No es grosero, no es egoísta, no pierde
los estribos, no es rencoroso.
Lejos de alegrarse de la injusticia, encuentra su gozo en
la verdad. Disculpa sin límites, confía sin límites, espera sin límites, soporta
sin límites.
El amor nunca muere… Ahora subsisten estas tres cosas: la
fe, la esperanza, el amor, pero la más excelente de todas es el amor”.
Comentario:
El texto que hemos leído es mejor no comentarlo, dejemos
que siga resonando dentro de nosotros, que nos empape y nos llene: “Si no tengo
amor nada soy”, “el amor es paciente y bondadoso”, “encuentra su alegría en la
verdad”, “todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta” .
Podemos preguntarnos cómo sería nuestra vida de pareja y nuestra vida familiar
si nos queremos con este amor. Cómo sería la vida de agradable y llevadera si
los hombres nos quisiéramos de esta manera.
Breve silencio y posibilidad de comentario por parte
de las parejas.
Despedida